domingo, 20 de mayo de 2012

Caminando por entre la suave neblina, ascendiendo a la saliente plataforma.
Paso a paso, inhalo, exhalo. El aire que sorprendentemente no es frío para esta época, en mí pasa desapercibido. Acelero mi paso, troto, quiero llegar, quiero subir.
Se escucha el estrepitoso y acompasado sonido de mis pisadas, como piezas de un rompecabezas gigante
que encajan finalmente. Cada vez más continuas y pesadas. 
Quiero estar allá, no me importa cuanto ruido provoque,
somos mis pisadas, mi ruido, mi camino y yo.
A medida que voy acortando el camino, la niebla se vuelve más espesa,
la luz se vuelve difusa, y el sol deja su rastro, cada vez más débil, en esta tarde de media estación.
Mis pies me pesan, el aire se desliza presionando mi garganta, y llegué.
Miro lo recorrido y me provoca un sentimiento de nostalgia y vértigo. 
Camino peligroso para aquellos no preparados.
Me acerco hacia la entrada, espero la ayuda de una recepcionista extranjera, en una biblioteca nacional. Que contradictorio. De todas maneras, para nada mal predispuesta, acudo a su consejo.
Fue de lo más amable, pero no me advirtió la crueldad de los pisos superiores.
Quinto piso me indicó, y ahí fui a parar. Esperando estaba a aquella bibliotecaria de novela, que te aconseja y auxilia. Sin embargo, mi prejuicio no se cumplió. Sistema computarizado, quién iba a decir que por medio de un programa de computadoras pudieras pedir tus libros, y así, te los entregarían en mano con un simple y un tanto pedante: "es por el otro lado." No creo que Jorge Luis lo hubiese concebido.
Ingreso, revisan mis cuadernos, y los hayan vacíos, en busca de conocimiento.
Derecha, centro, izquierda. Me encontré en una posición neutral y perfilé para el centro del inmenso salón.
Con intención de acomodarme en aquellos imponentes, luminosos y legendarios asientos.
Inclinada la mesa, inclinada mi cabeza, a la espera de escuchar un susurro testimonial de aquel lugar, lleno de saber e historia de los anales de la existencia.
Nunca esperé encontrarte aquí, nunca a vos, entre todas las personas dentro de mi imaginación. Te susurro, aunque no quisiera hacerlo de esta manera, ¿cómo estás? "ahí ando" la respuesta de rutina, parece que nada bueno sucede en estos días. O meses. Te invité a sentarte, pero rechazaste la oferta, parecías apurado por llegar a otro sitio. No veo la razón, aquí el tiempo ya no es tiempo, no hay duración alguna para las dichas de la vida. Quizás, después de todo, no perteneces aquí; conmigo. Lamentablemente yo quería que así fuese, pero la vida tendrá su propósito y su fin. Más bien comienzo. Quería que fueses mi comienzo, no algo pasajero, o ni si quiera. Ni mi fin, empero aquí te encuentro.
¿Acaso encontrarte podré en algún paseo por los largos pasillos con sus altos estandartes repletos de saber? Nunca lo sabré, hasta que pase el tiempo que aquí no es tiempo. No sé lo que es, esto que pasa pero no pasa, este estado de continua permanencia. Tal vez, al ser esto algo duradero y no pasajero, nunca te irás. Prefiero conformarme con esta esperanzadora ilusión, hasta conocer la verdad detrás de aquello rojo que siempre se define, nunca se conoce y siempre se estima, más o menos de lo que vale. Vaya uno a saber, los saberes de la vida entera, de la existencia plena.

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