miércoles, 9 de mayo de 2012


Buenas buenas, les dejo a mis seguidores conocidos y desconocidos un texto que escribí para un trabajo práctico del colegio, en el cual teníamos que escribir un texto basado en algunos capítulos de "Los Comentarios Reales" del Inca Garcilaso.

Saludos y espero que les guste, Marian.


La pesadilla

  Todo está oscuro. No sé dónde estoy, no hay nada en donde estoy. De repente, veo una luz que se acerca, cada vez más. ¿Tenía tarea de matemática? No, no me acuerdo. Creo que no. Y más. ¿Dónde estoy? ¿Y mi carpeta? Yo estaba estudiando con ellas en la cama. Un momento, ¡no estoy en la cama! Estoy corriendo, con alguien. ¿Quién sos? No te conozco, pero corro igual con vos. ¿Quién me trajo hasta acá?
  Ya no estás, ¡qué lástima! Me caías bien. Ahora, hay mucha gente a mí alrededor y nunca vi a ninguno en mi vida. Están todos hablando una lengua que desconozco. Ya entiendo… comienzo poco a poco a comprender algunas palabras. Ya los comprendo. Hay alguien, que parece importante, que está casando a dos personas. Pareciera que no se conocen. No, ni sus nombres saben. ¿Qué está pasando? No entiendo nada, se supone que debería estar estudiando... Me está llamando el casamentero, pareciera que me conoce. Me dice: “Vení, Aiyana”. Según creo, ese es mi nombre.
  Llegué a mi casa junto al casamentero. Digo, con mi papá, creo que lo es. Me contó, de manera renuente porque insistió en que yo ya lo sabía, que él había casado a esas personas puesto que él es el encargado de, entre otras cosas que mucho no entendí, unir a todos los mozos y mozas casaderas del linaje del Inca, que es mi papá, el hijo de nuestro Dios, porque este se lo manda. Vi a la Coya, que es la reina y a la vez mi mamá. También pude ver a mis hermanos y hermanas. Somos muchos, y tratan a mi hermano más grande con preferencia. Debe ser el príncipe heredero.
  No tengo tiempo para jugar con ellos porque voy a ir con mamá a visitar a las vírgenes escogidas, es decir, las mujeres del Sol. Es un privilegio único. Me dijo que no puedo contarle a nadie nada de lo que vea, porque son sagradas y están en clausura para que no las vea nadie excepto nosotras. Es un pasillo muy largo y angosto, y la puerta está al final. Entramos y las mujeres del Sol nos entregaron tejidos para mis padres; además, le dijeron a mi madre que luego iban a labrar ropa para ofrecérsela al Sol en sacrificio.
  Volvimos a casa. Papá estaba hablando con mi hermano mayor, le dijo que cuando fuera más grande se iba a tener que casar con Kaya, nuestra hermana mayor. Mi hermano, Dasan, preguntó porqué y papá le contestó que era así debido a que nuestra sangre no se podía mezclar con la humana. ¡Qué suerte que yo no me tengo que casar con él! No toleraría casarme con mi hermano. Aunque Dasan no estuvo satisfecho con la respuesta, salió al patio a jugar y los demás lo seguimos.
  Mientras jugábamos, llegué a ver a una mujer. Dejé de jugar porque me cautivó. Estaba remendando su propia ropa de manera que el remiendo no se notara. Lo hacía con el mismo hilo, volviendo por los hilos rotos y tejiendo la trama con la urdiembre y la urdiembre con la trama. Era tan preciso su trabajo que me asombró por completo.
  En un momento llegó uno de los hombres quien le pegó, la comenzó a insultar y a llamarla “ramera”. Pude llegar a oír aunque estaban muy lejos. Creo que era su marido por las cosas que le decía, pero de todas maneras la menospreciaba como si no fuese ella. Como si fuese nadie. Como si no fuese. Nunca dejaría que ninguna persona me tratase así. Ni a otra mujer. Ni a nadie. ¿Por qué no le dice nada? ¿Por qué no se defiende? Se deja sucumbir ante la denigración y los golpes de su marido hasta que queda rendida en el piso. Y, sin embargo, éste la sigue maltratando. No tiene piedad ni moral. Ni el más mínimo cariño o aprecio. No. Ni siquiera respeto. No le importa nada.
  Ya se fue, igualmente aquella mujer parece que no se percató porque no se mueve. ¿Qué le sucede, por qué no se va a curar sus heridas? Mejor me acerco para ayudarla. Todavía no se mueve, mejor la voy a poner boca arriba así puede incorporarse. Está pesada.
  ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? Ah, ahí está mi mamá ordenando, no la Coya, mi verdadera mamá. ¡Qué alegría que todo haya sido un simple sueño! O al menos eso espero. Sí, sí, sólo fue un sueño. O más bien una pesadilla.

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