domingo, 19 de octubre de 2014





Yo era aquella niña que se desvelaba leyendo novelas, cuentos y moepas.
Yo era esa pequeña que corría su horario habitual porque de pronto encontró un libro que la atrapó tan fuertemente que se dejó llevar y se olvidó de todo lo demás.
Yo era esta muchacha que se decidía a ir a por todo con un libro, sin soltarlo hasta que este le revelara todos los secretos que él escondía.
Yo era una señorita que se disponía a no dar el brazo a torcer por más voluminoso que el libro fuera, perseverante hasta el fin, para lograr su cometido y leerse hasta los pies de página.
Yo era.








Yo sigo siendo esa mujer. Hoy me desvelo pensando, leyendo, meditando, discutiendo conmigo misma, en los debates más insólitos.
Yo me aferro a eso que tengo adherido a mí misma. Me atrapa la trama, el protagonista; bueno, co-protagonista, ¿no?
No puedo despegarme de eso que me compone, me integra. Es que hay tantas cosas que sé, pero a la vez no sé nada.
Una caricia, un abrazo no me bastan, es como si ya no fuera suficiente trasnochar con un libro de compañero porque al fin y al cabo no es sólo al libro al que quiero ahí conmigo. Porque en el medio de la lectura me doy cuenta que sueño despierta. Y que cuando me despierto, quiero al personaje que protagoniza ese libro a mi lado.






Lo más irónico de todo es que cada día más te pareces a él. No sé si es un espejismo o si es verdad. 




Pero de todas maneras me engatusa y me atrapa tan intensamente como si lo fuera. Como si ese libro fuese mi realidad, como si todos esos libros a los que dediqué tantas noches de desvelo confortable y cálido, de resguardo se volvieran contra mí y me dieran una cucharada de mi propia medicina; diciendo: 


-¿Así que nos leías a las 3 a.m. hasta terminarnos? Bueno, ahora no pegues un ojo en toda la noche pensando en Mr. Darcy, en Cortazar, en Borges, en Hemingway, en Fitzgerald, en T.S. Elliot, en Olivera y Travers, en Greene, etc. Con que vos eras la que no quería dormir...-

Autores y protagonistas en un gran paro mental dentro de mí, con un gran cartel rojo con letras blancas gritándome STOP.

Y cada vez la noche avanza hacia lo más profundo; ya viene siendo la hora de dar por terminada la lectura del libro y dejar un poco en paz el papeleo mental.

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