lunes, 12 de marzo de 2012

A todos nos llega la hora. Puede ser hoy, mañana, pasado, en meses, años... Perdí muchos conocidos queridos. Algunos más conocidos y queridos que otros. Pero fueron perdidos. Lloré por los perdidos, desesperadamente. Mi llanto no logró nada, no volvieron a consolarme. No importaban las veces que llorase, los lugares donde lo hiciese, ni los momentos acuosos. Nada era relevante ya para ellos. Los imaginaba a cada momento. Siempre los recordaba, fuese por un lugar, un momento, un recuerdo, una frase, un silencio. Quizás era porque eran, y siguen siendo, una parte de mí. Pequeña o gigante, lo son. Y cuando los recordaba, pensaba en ellos y en que me dirían, si me vieran así, qué pensarían de mí.
De vez en cuando siento que todas las personas que llegué a amar, se fueron de mi alcance. Y las extraño profundamente. Las pienso constantemente, y las pienso en sus mejores momentos. Riendo y sonriendo. Nunca se sabe lo que la vida nos depara. El mundo está lleno de sorpresas. Algunas más lindas que otras, pero siguen sorprendiendo por igual. Por eso pienso, analizando, que se debe vivir sin remordimientos, ni lamentos. La vida, demasiado corta, nos traiciona y nos engaña. Cuando se pasa bien, vuela. Cuando no, también.
Hay que disfrutarla con los que uno más quiere y aprecia, y no amargarse. No vale la pena.

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